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Presentado en 2014, este increíble monovolumen prometía recargar sus baterías usando una lupa gigante de faro marítimo, pero la cruda realidad desmontó el sueño.
Corría enero de 2014 cuando Ford descolocó por completo al mundo de la tecnología y del automóvil en el CES de Las Vegas. En medio del primer gran auge de la movilidad eléctrica, la firma del óvalo azul no se limitó a presentar un vehículo enchufable convencional: se presentó con el Ford C-MAX Solar Energi Concept, un monovolumen que aseguraba poder llenar sus baterías totalmente gratis gracias al sol y sin tocar un solo cable de la red eléctrica.
La propuesta sonaba a genialidad absoluta y prometía libertad total frente a los enchufes cotidianos. Sin embargo, como suele ocurrir con los experimentos más disparatados de la industria, el prototipo era demasiado bonito para ser verdad y la dura física de la calle se encargó de poner las cosas en su sitio.

La chispa solar: la promesa de olvidarse del enchufe
En pleno despegue de las ventas de su gama electrificada, la marca estadounidense quiso dar un golpe en la mesa de la sostenibilidad aliándose con SunPower Corp. y el prestigioso Instituto de Tecnología de Georgia. La meta era tan ambiciosa como seductora: romper la dependencia de las infraestructuras eléctricas tradicionales y lograr que la energía solar cubriera hasta el 75% de los trayectos cotidianos de un conductor medio.
El prototipo mantenía los 998 kilómetros de autonomía total (con unas 21 millas de alcance 100% eléctrico) de la versión enchufable de serie, pero prometiendo recortar cuatro toneladas métricas de CO2 al año por usuario de manera completamente renovable.
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Lentes de faro marítimo y tecnología de ciencia ficción
El verdadero truco de magia no estaba únicamente sobre la chapa del coche. Aunque la cubierta integraba células fotovoltaicas de alta eficiencia, absorber suficiente radiación solar en una superficie tan pequeña para mover una batería requería días enteros bajo el sol de agosto.
Para acelerar el proceso, los investigadores de Georgia Tech diseñaron una marquesina externa equipada con lentes de Fresnel, una solución propia de los faros marítimos que actuaba como una gigantesca lupa de precisión. Este sistema externo rastreaba la posición del sol de este a oeste y multiplicaba por ocho la intensidad de la luz, logrando inyectar el equivalente a una carga en red de 8 kWh (cuatro horas de enchufe) en una sola jornada.
El baño de realidad: ¿por qué nunca llegó a las calles?
A pesar del entusiasmo de Mike Tinskey, por entonces director global de electrificación en Ford, la viabilidad comercial de este proyecto chocó de frente contra un muro insuperable. La logística de aparcar exactamente bajo una estructura robótica con lupas gigantes reducía a cero la practicidad diaria.
Además, el coste de instalar semejante marquesina eliminaba el ahorro económico del usuario, por no hablar del riesgo real de achicharrar la pintura del coche si la lente sufría una desalineación de milímetros. Entre las sombras de los edificios urbanos, los días nublados y la rápida bajada de costes en las baterías tradicionales, el sueño solar de Ford se evaporó antes de pisar las líneas de montaje.
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