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El Mercedes CLA híbrido monta un motor desarrollado y fabricado en China por Geely. El Toyota Supra usa el mismo motor que el BMW Z4. El Mazda MX-5 y el Fiat 124 Spider comparten plataforma desde hace años. Esto no es una rareza puntual: es una práctica habitual en la industria del automóvil, y las razones detrás de ella son puramente económicas y bastante lógicas cuando se entienden.
Cuando alguien compra un Mercedes, espera que ese coche lleve, de arriba a abajo, ingeniería alemana. Es una expectativa razonable dado el precio y el prestigio de la marca. Pero la realidad de la industria del automóvil en 2026 es mucho más compleja que eso, y el caso más reciente y más llamativo lo protagoniza precisamente Mercedes: el nuevo CLA híbrido monta un motor 1.5 turbo desarrollado junto a Geely y fabricado íntegramente en China.

No es un caso aislado ni una anomalía. Es la norma en un sector donde compartir motores entre marcas, incluso entre marcas que compiten entre sí en el concesionario, se ha convertido en una de las decisiones de ingeniería más habituales y mejor justificadas económicamente.
El caso Mercedes-Geely: cuando hasta las marcas premium necesitan un socio
El motor M252 del nuevo Mercedes CLA lo ha desarrollado Mercedes-Benz junto a Aurobay, una filial de HORSE Powertrain, la empresa que pertenece al 50% a Geely y a Renault. Es un bloque de cuatro cilindros y 1.5 litros con hibridación ligera de 48 voltios, disponible en potencias de entre 136 y 190 CV, con un consumo homologado de solo 4,9 litros cada 100 km en el propio CLA. El motor se fabrica completamente en China y desde allí se transporta a Europa para su montaje final.
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La ironía de este acuerdo tiene su propia historia. Antes de Geely, el socio de motores de Mercedes en modelos de acceso había sido Renault, a través de bloques diésel y de gasolina compartidos en generaciones anteriores del CLA y del Clase A. Ahora Renault sigue presente, pero de forma indirecta: HORSE Powertrain, la empresa que fabrica el nuevo motor, es una joint venture al 50% entre Geely y el propio Renault. La historia se cierra sobre sí misma.

¿Por qué haría esto una marca como Mercedes? La respuesta es puramente económica. Diseñar desde cero una nueva familia de motores de combustión exige inversiones de cientos de millones de euros, para una tecnología cuyo horizonte comercial es cada vez más limitado a medida que Europa avanza hacia la electrificación total. Compartir ese desarrollo con un socio como Geely, que sigue apostando con fuerza por los motores térmicos e híbridos, permite a Mercedes tener un propulsor moderno y competitivo sin comprometer todo su presupuesto de I+D en una tecnología de transición.
Hay además un dato que explica por qué Geely en concreto: el fundador y propietario de Geely, Li Shufu, posee en torno a un 9,69% de las acciones de Mercedes-Benz Group. No es una alianza entre desconocidos. Es la consecuencia lógica de una relación accionarial que ya existía.
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Toyota y BMW: rivales en el concesionario, socios en el motor
El caso del Toyota Supra y el BMW Z4 es de los más conocidos y menos disimulados del sector. Los dos deportivos nacieron de un desarrollo conjunto entre Toyota y BMW, y comparten motor, transmisión y sistema de infoentretenimiento. Son, salvando las diferencias de carrocería y de puesta a punto, esencialmente el mismo coche mecánico vestido con dos identidades de marca distintas.
¿Por qué dos fabricantes que compiten directamente en otros segmentos decidirían compartir así un modelo? Porque el desarrollo de un deportivo de motor delantero y tracción trasera es carísimo, y ninguno de los dos fabricantes vendía suficientes unidades de este tipo de coche como para justificar el gasto en solitario. Repartiendo el coste de desarrollo entre dos marcas, ambas consiguieron un producto que individualmente no habrían podido rentabilizar.
BMW y PSA: el motor que llevaba un Mini y un Peugeot al mismo tiempo
Durante buena parte de la década de 2000 y 2010, BMW y el grupo PSA (Peugeot, Citroën) desarrollaron juntos una familia de motores de gasolina turboalimentados conocida como motores Prince. Ese mismo bloque terminó montado tanto en el BMW Serie 1 y en el Mini Cooper S como en el Peugeot 207, el 308 y el Citroën C4.
Es un ejemplo perfecto de cómo la percepción de marca y la realidad mecánica pueden ir por caminos distintos. El comprador de un Mini paga una prima de marca considerable respecto al comprador de un Peugeot equivalente, pero durante años, buena parte de lo que había bajo el capó de ambos coches era, en la práctica, el mismo desarrollo técnico.

Mazda y Fiat: el MX-5 y el 124 Spider, hermanos con distinto carácter
El Mazda MX-5 y el Fiat 124 Spider (junto con su variante deportiva Abarth) salen de la misma fábrica japonesa y comparten prácticamente todos sus elementos mecánicos estructurales: la plataforma, la disposición del motor delantero por detrás del eje anterior, la tracción trasera y la caja de cambios manual. El habitáculo también es muy similar en su disposición.
La diferencia está, sobre todo, en la motorización. El MX-5 monta motores atmosféricos de 1,5 y 2,0 litros propios de Mazda, mientras que el Fiat 124 Spider y su versión Abarth utilizan el motor 1.4 Multiair Turbo del grupo FCA (hoy Stellantis), que además lo hace más rápido en cifras puras que el Mazda del que parte.
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Es un caso donde compartir plataforma no significa necesariamente compartir motor: cada marca aporta su propio bloque sobre una base mecánica común, algo que le permite a cada una diferenciar el carácter de conducción de su modelo mientras ambas se ahorran el coste de desarrollar una plataforma deportiva de tracción trasera desde cero.

Por qué las marcas hacen esto
Detrás de todos estos acuerdos hay, en esencia, las mismas cuatro razones que se repiten una y otra vez en la industria:
El coste de desarrollo es brutal. Diseñar un motor nuevo desde cero, homologarlo para todas las normativas de emisiones vigentes en cada mercado y adaptarlo a distintas carrocerías puede costar varios cientos de millones de euros. Si dos o más marcas necesitan un motor con características similares, repartir esa factura tiene sentido financiero puro.
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Los volúmenes de venta no siempre justifican un desarrollo propio. Un deportivo de nicho como el Supra o el Z4 no vende suficientes unidades como para amortizar en solitario el desarrollo de una plataforma y un motor específicos. Compartir el desarrollo entre dos marcas multiplica el volumen total sobre el que repartir esa inversión.

La especialización técnica de cada fabricante es distinta. China, y Geely en particular, ha acumulado en los últimos años una ventaja competitiva notable en motores híbridos térmicos y en baterías, mientras que la industria china sigue por detrás en motores eléctricos de muy alto rendimiento en algunos segmentos. Aprovechar la fortaleza específica de cada socio, en lugar de intentar ser bueno en todo, es una estrategia industrial razonable.
La transición hacia la electrificación cambia los incentivos. Ninguna marca europea quiere invertir cientos de millones en una nueva familia de motores de combustión que, según todos los planes regulatorios actuales, tiene un horizonte de vida comercial limitado en Europa. Comprar ese desarrollo a un socio que ya lo ha amortizado en otros mercados, en lugar de asumir el coste en solitario, es la decisión financiera más lógica en este momento del sector.
Qué significa para el comprador
Ninguna de estas prácticas es nueva ni debería alarmar a quien está pensando en comprar un coche. Comprar un motor a otra marca no significa automáticamente peor calidad: el motor M252 de Mercedes, aunque fabricado por Geely, ha sido diseñado bajo la arquitectura y los estándares de ingeniería que la propia Mercedes ha establecido. Lo mismo ocurre con el Supra y el Z4, dos coches que comparten mecánica pero que cada fabricante ha calibrado y afinado según su propia filosofía de conducción.

Lo que sí cambia es la idea romántica de que cada marca fabrica sus coches de principio a fin en soledad. Esa idea, si alguna vez fue del todo cierta, hace tiempo que dejó de serlo. Hoy, la pregunta relevante no es tanto quién ha fabricado el motor de tu coche, sino si ese motor cumple lo que la marca promete en términos de consumo, fiabilidad y prestaciones, independientemente de dónde se haya diseñado y ensamblado.
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