Así era el Golf de 275 CV y tracción total que iba a ganar el Mundial de Rallies… y murió sin correr ni un metro
14 de junio de 2026 de David Díez
Suele ocurrir que hay coches que pasan a la historia por lo que ganaron y otros, los más curiosos, por lo que pudieron haber sido. El Volkswagen Golf A59 pertenece de pleno a este segundo grupo: un Golf de competición preparado para comerse el Mundial de Rallies que, por un puñado de decisiones, jamás llegó a las tiendas ni a un tramo cronometrado.

Hoy es una de esas piezas que quizá solo conocemos los que somos muy aficionados de los coches en general y de los Volkswagen en particular, y, por eso vale la pena rescatarla y contar lo que quizá pudo ser y no fue. Un campeón que no llegó a competir y que incluso pudo quedar destruido para siempre.
Un Golf nacido para ganar rallies
Para entender el A59 hay que viajar a finales de los años 80 y principios de los 90. Volkswagen no era ninguna recién llegada al mundo de los rallies: con el Golf Mk2 GTI 16v se había proclamado campeona del mundo del Grupo A en 1986. Pero mientras Lancia, Toyota o Subaru dominaban con sus bestias de tracción total, en Wolfsburgo veían cómo el tren se les escapaba.

El primer intento de reacción fue el Golf Rallye G60 de 1990, un Golf con tracción a las cuatro ruedas y compresor volumétrico. Sobre el papel prometía, pero en la práctica llegó tarde y con problemas de fiabilidad, así que el proyecto se quedó a medias y fue un coche del que rápidamente se quiso pasar página.
Volkswagen necesitaba algo mucho más serio. Y para ello necesitaba a las cabezas que habían hecho campeones a diferentes marcas en diferentes categorías, y una vez juntas, crear un campeón auténtico.

Ese “algo” arrancó en enero de 1992, cuando la marca puso en marcha un estudio para diseñar un Golf capaz de ganar el Mundial de Rallies de 1994. El encargo recayó en Schmidt Motorsport (SMS), un taller alemán especializado en competición. El resultado, presentado en 1993, fue el Golf Mk3 A59.
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Qué escondía bajo su carrocería ensanchada
Basta una foto para entender que el A59 no era un Golf cualquiera. Pasos de rueda hinchados, tomas de aire por todas partes, un capó perforado con tres grandes salidas puestas pensando en la necesidad y no en la estética
y un alerón en el techo. Pura actitud de coche de rally homologado para calle.
Pero lo bueno estaba debajo. En el vano motor montaba un cuatro cilindros turbo de 2.0 litros (1.998 cc exactos) y 16 válvulas, diseñado específicamente para él y con bloque de aluminio para ahorrar peso. Las cifras eran de escándalo para un Golf de la época: 275 CV a 6.000 rpm y unos 370 Nm de par, más de cien caballos por encima del GTI más potente que se vendía entonces.

Esa potencia se repartía a las cuatro ruedas a través de un cambio manual de seis marchas y un diferencial central de gestión electrónica, capaz de variar el reparto de fuerza entre ejes según las condiciones. Para frenar, pinzas Brembo de cuatro pistones; para rodar, suspensión Bilstein y llantas de 16 pulgadas. Dentro, asientos Recaro, una barra antivuelco y un cuadro de instrumentos digital de competición.
¿Las prestaciones? Se estimaba un 0 a 100 km/h en torno a 5 segundos, una barbaridad para 1993. En su ficha de matriculación figuraban 234 km/h de velocidad máxima, aunque el objetivo de desarrollo apuntaba a los 270 km/h. Cifras bastante llamativas para un “compacto” de hace 35 años.

Entonces, ¿por qué nunca se fabricó?
Aquí está el drama. Para competir en el Grupo A, la normativa obligaba a fabricar y vender 2.500 unidades de calle del modelo. Es lo que se conoce como “coche de homologación”, el mismo truco que dio lugar a joyas como el Lancia Delta Integrale, el Ford Escort RS Cosworth o el Subaru Impreza.
Volkswagen, que en los noventa, tras la caída del Muro de Berlín y un periodo de incertidumbre hizo cuentas, valoró el coste y el riesgo del proyecto… y decidió no seguir adelante. Una decisión dolorosa pero muy lógica. Principalmente porque también quería expandirse por el este de europa adquiriendo Skoda. Una inversión lógicamente más importante de cara al mercado.
En este punto y sin esas 2.500 unidades no había homologación, y sin homologación no había rallies. El A59 se quedó congelado en fase de prototipo y la marca acabó reservando su vuelta a la alta competición para mucho después. El resultado es que el “Evo europeo” que pudo rivalizar con japoneses e italianos nunca llegó a existir de verdad. Y del que muchos creemos que podría haber plantado cara a los japoneses de la época.

De estar al borde del desguace al SEMA
La historia del A59 da para una película, y tiene un final casi milagroso. No se seabe con cierta cierta, pero se dice que se llegaron a construir un dos, tres o los más optimistas dirán que cuatro prototipos, pero solo uno quedó plenamente operativo. Y ese superviviente estuvo a punto de perderse para siempre: en algún momento acabó en la zona de la fábrica de Wolfsburg donde se envían los prototipos a destruir. Según cuentan, una sola llamada de teléfono de alguien que reconoció lo que era lo salvó de la prensa hidráulica.
Otra curiosidad está en su propio nombre. El “A59” no esconde ningún significado épico: era, sencillamente, el proyecto número 59 del taller Schmidt Motorsport. Así de prosaico. No evocador a nada. Se centró en ganar desde el minuto cero.
Tras años parado, el coche fue restaurado y ha vuelto a rodar en eventos de clásicos como los Classic Days del castillo de Dyck, en Alemania. En 2022 cruzó el charco para convertirse en una de las grandes estrellas del salón SEMA de Las Vegas, donde dejó con la boca abierta a un público que, en su mayoría, ni sabía que este Golf había existido.

¿Cuánto vale un Volkswagen Golf A59?
Y aquí llega la pregunta del millón… que no tiene respuesta en euros. El A59 nunca se ha puesto a la venta ni ha pasado por subasta, porque sencillamente no es un coche de propietario particular: el ejemplar superviviente forma parte del patrimonio histórico de Volkswagen y de quienes lo desarrollaron.
Al ser una pieza única e irrepetible, ligada a un capítulo “fantasma” de la historia de la marca, su valor es más simbólico que económico. Si te sirve de referencia, los coches de homologación de los 90 que sí llegaron a fabricarse (los Delta Integrale, Escort Cosworth o Impreza de aquella época) se mueven hoy en cifras de cinco e incluso seis dígitos. Un A59 de calle, de haber existido, sería hoy una de las joyas más codiciadas del coleccionismo Volkswagen. Pero al no haber salido nunca al mercado, su precio es, sencillamente, incalculable.
El Volkswagen Golf A59 es la prueba de que a veces la historia se juega por muy poco. Tenía el motor, la tracción, la electrónica y el talento de ingeniería para haber sido el rival europeo de los grandes rallies de los 90. Le faltó solo una cosa: la decisión de fabricarlo. Hoy nos queda imaginar qué habría pasado… y disfrutar del único superviviente cada vez que vuelve a rugir.
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