España ya tiene un parque móvil de país subdesarrollado

18 de septiembre de 2026 de

Hace apenas un año regresaba de Ecuador y una idea había tomado forma en mi cabeza durante las vacaciones: hasta qué punto la decrepitud de nuestro parque móvil se parece ya al de una economía empobrecida.

Esta evidencia empezó a cobrar forma desde el instante en que aterricé en Quito y firmé el contrato en el rent a car. Todo el catálogo de la empresa estaba formado por coches propios de países con economía de supervivencia: pequeños utilitarios coreanos, japoneses y chinos, en configuración básica y con motores de gasolina atmosféricos. Cumplían una premisa fundamental en cualquier entorno donde los recursos no abundan: eran coches humildes, austeros y con la honrada robustez que garantiza lo sencillo. Si algo tiene pocas piezas, es más difícil que se rompa y más barato de arreglar.

Aquellos días me moví por el país con mi humilde KIA Sonet con una despreocupación que ya casi no recordaba en un coche moderno. Es curiosa la tranquilidad que da meter una llave de espadín en el clausor, encender el aire acondicionado y echar a andar entre un tráfico exigente. Exprimí cada caballo del pequeño motor en las inacabables pendientes de la orografía ecuatoriana y me regaló consumos tan absurdamente bajos que apenas tuve que parar a repostar. En un entorno donde es preferible no detenerse durante trayectos largos en carretera ni bajar del coche en zonas despobladas, no es ninguna tontería tener un coche tan poco expuesto a aplicaciones, falta de cobertura y conectividades innecesarias. No dejaba de pensar que no había mejor coche para salir pitando si algo se torcía que aquel voluntarioso Sonet.

Pero el quid de la cuestión reside en el contraste del tráfico: el parque móvil ecuatoriano se compone de miles de coches muy viejos y otros tantos nuevos muy baratos. La mayoría son SUV y pick-ups, preparados para soportar la batalla del propio asfalto.

Los fabricantes chinos se están inflando a vender marcas nuevas en Latinoamérica, pero nada de eléctricos o híbridos enchufables. Venden coches de gasolina vistosos, con equipamiento llamativo y precios que obligan a otras marcas a importar modelos que antes solo destinaban a la India, al sudeste asiático o a África. Auténticas latas de anchoas con ruedas que se siguen fabricando para medio mundo aunque aquí no los viéramos. Solo una pequeña fracción de la población puede permitirse estrenar un BMW, un Mercedes-Benz, un Toyota o un Mazda. Son residuales.

Observando aquel mercado y la deriva del nuestro, es imposible no establecer paralelismos con una España que viaja a dos velocidades. En el carril rápido van los privilegiados que se pueden permitir, no sin esfuerzo ni sin cuotas financieras abusivas, estrenar un eléctrico para no sentir que su vehículo queda obsoleto en el garaje.

En el carril lento, una población ahogada que visita concesionarios en busca del nuevo modelo chino que le permita sentir que el desembolso cobra sentido en forma de una envoltura grande y vistosa. Aspiran a jubilar su viejo SEAT Toledo con un coche de un segmento inferior. Toyota se percibe como una marca inalcanzable, no porque ofrezca una experiencia de gran lujo, sino porque cada vez menos gente puede pagarla.

Nuestro mercado se está convirtiendo en el puerto de desembarco de vehículos destinados a economías de supervivencia. El Nissan Kicks es un ejemplo recién anunciado: un SUV urbano que difícilmente habría encontrado hueco en una España con mayor poder adquisitivo, donde se aspiraría a algo superior. Ahora es el recurso de la marca para mantenerse competitiva frente al empuje chino.

El deterioro visible de las infraestructuras remata el cuadro. Nuestras carreteras están peor mantenidas que las de muchos países en desarrollo, empezando por Marruecos, que tiene mejores autovías y autopistas aunque tenga menos kilómetros construidos. El parque móvil español tiene ya 14,7 años de media (el de Ecuador, 16), reflejo de un país que se empobrece mientras simula una transición energética que la mayoría simplemente no puede pagar.

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