Ni SUV, ni eléctrico: para viajar lejos y rápido, sigo prefiriendo una berlina diésel
13 de abril de 2026 de Mario Garcés
Un viaje de más de 3.000 km en cuatro días sirve para recordar por qué una buena berlina diésel sigue ofreciendo algo que ni un SUV ni muchos eléctricos igualan.
La absoluta superioridad rutera de una buena berlina diésel es incontestable.
Para mí, la velocidad es sinónimo de progreso. Disponer de velocidad de forma segura es un signo de los tiempos. La evolución ha permitido al ser humano cubrir cada vez mayores distancias en menos tiempo.
Símbolos de progreso son el Concorde o los trenes de alta velocidad. A algunos hemos renunciado por simple rentabilidad, pero la tecnología hace décadas que garantiza que sea seguro viajar deprisa. Aun así, fue una pena renunciar al Concorde, semejante avance de la civilización.

La berlina diésel sigue siendo el gran coche rutero
Esta semana he tenido que viajar más de 3.000 km en cuatro días: Madrid-Sevilla-Oporto-Coruña-Santiago-Coruña-Sevilla-Madrid. Lo he hecho con un Mercedes-Benz Clase E 220 d.
Para esta “misión” no hay nada parecido si quieres viajar cómodo, deprisa y sin preocupaciones. Repostar se convierte en una anécdota que haces cuando te viene bien. Incluso cuando el gasóleo roza los 2 euros por litro, una berlina así te permite cubrir grandes distancias a un coste muy razonable. El kWh es barato cuando se carga en casa, pero la casa no te la puedes llevar a un viaje así, ni el consumo de un eléctrico es bajo cuando vas rápido.
A menos de 7 l/100 km viajando por encima de 145 km/h de media (con lo que eso significa), los 100 km salen a un coste de unos 14 euros actualmente. Un eléctrico grande y lujoso, a ese ritmo, salvo contadas excepciones, se va a los 27 kWh de media, lo que sitúa los 100 km en no menos de 11 euros, redondeando.
Mi concepto de lujo: disponer de mi tiempo
Mi concepto de lujo es precisamente ese: disponer de mi tiempo con libertad absoluta. Yo decido dónde parar y qué ritmo llevar.
Entiendo a los que no les gusta la velocidad. Hay quien no se siente seguro y gestiona mejor sus viajes a un ritmo más tranquilo. Para mí, sin embargo, la velocidad es un elemento sustancial porque me permite disponer de más tiempo en el destino. No disfrutaría más del trayecto si viajase más despacio, porque entonces entrarían en juego el cansancio y el aburrimiento. Puedo disfrutar de la conducción relajada por una carretera paisajística, pero para un trayecto por autovía lo que quiero es rapidez y confort.
Como aficionado al automovilismo encuentro, además, un deleite particular en sentir el comportamiento del coche cuando su capacidad para hacerme la conducción sencilla se despliega entre mis manos y el asiento. Sentir que la ingeniería hace su trabajo en forma de control absoluto es un goce que paladeo. Como un melómano disfruta de una orquesta bien dirigida y afinada. El volante y la dirección, imperturbables a los baches y las ondulaciones. La suspensión convirtiendo el asfalto roto en una superficie lisa. La aerodinámica venciendo a las ráfagas de viento. El silencio y la calma a bordo, con los pasajeros dormidos. Es la sublimación de una obra de ingeniería. Es progreso. Es avance.

Por qué un eléctrico o un SUV no me dan lo mismo
Frente a esto, un coche eléctrico, por bueno y eficiente que sea, me pone en un compromiso. De haber hecho el mismo viaje en el eléctrico más eficiente que conozco, el total de horas de viaje se habría comido mi paseo por Oporto, seguramente también el paseo por Santiago de Compostela y mi parada para comer en el centro de Zamora ayer, al regresar hacia Sevilla.
De nada me sirve la carga en destino, porque seguiría llegando más tarde que con este Mercedes diésel, y tendría que detenerme específicamente a buscar dónde cargar en el centro de cada ciudad antes de cada paseo. Eso no es un lujo, es un compromiso, porque te ves obligado a optimizar tu tiempo.
Viajar en este Mercedes te sume en la más absoluta despreocupación. Puedes ir al ritmo que te dé la gana. Es tanta la flexibilidad que te da, y es un coche tan poco sensible al ritmo que elijas, que tu poder de decisión lo marca exclusivamente tu deseo. Te acostumbras a no mirar el indicador de combustible. Paras donde quieres, cuando quieres, el tiempo que quieres.
La velocidad no es el problema, sino cómo se gestiona
La velocidad es denostada porque la imagen que nos traslada el ámbito político es la de un criminal al volante. Alemania es el espejo al que se enfrentan seres tan infames como Pere Navarro. Lo sitúan frente a su inmunda capacidad de gestión, basada en la represión, el miedo y la rentabilidad. Alemania demuestra que la velocidad se puede gestionar de forma segura, responsable y convirtiéndose en un beneficio para el ciudadano. Los alemanes viajan rápido y seguro entre ciudades con su transporte privado.
La velocidad obliga a tener disciplina, autocontrol, formación y rigor. No es peligrosa per se, pero hay que saber gestionarla. Requiere conductores muy bien formados y coches muy bien mantenidos.
Los buenos conductores son muy costosos para un Estado que prefiere rentabilizarlos a base de persuasión y multas. No invierte en formarlos, sino en controlarlos. A su vez, un coche en perfecto estado de revista es muy costoso para un ciudadano preocupado por llegar a fin de mes. A eso, sumemos que carece de cultura en seguridad vial. Es el caldo de cultivo perfecto para la mentalidad ovina. Una mentalidad que sitúa a todos al nivel del conductor más torpe y perezoso, incapaz de asumir que hay personas que pueden realizar una conducción rápida, segura, ordenada y eficiente, y que hay coches diseñados expresamente para favorecerlo.

Por qué una berlina sigue viajando mejor que un SUV
Una berlina también demuestra su superioridad rutera frente a un SUV en situaciones así. Pero también frente a berlinas eléctricas como el Mercedes EQE 300 que vi aparcado mientras repostaba. Ambos coches comparten filosofía, pero la diferencia es grande entre viajar en uno y otro. En el EQE la velocidad la marca la distancia al cargador. Es imposible plantearse un viaje al ritmo que permite el E 220 d. Pero también el peso va en su contra: sus 505 kg extra se sienten en la manera en que los movimientos de la carrocería se vuelven más amplios y torpes. En especial al ir rápido.
Esto genera una fatiga corporal mayor, porque se transmite a los pasajeros en forma de bamboleo y de una sensación de inercia más acusada. Hay quien dice que la ventaja del silencio y del bajo centro de gravedad es maravillosa en los eléctricos, y lo es en tanto en cuanto a su capacidad para evitar el balanceo y a que su aislamiento suele ser excelente. Pero la masa siempre está presente, dejándose notar. Y en una berlina como el Clase E 220 d, quien diga que el motor molesta está mintiendo. En un coche así el motor es un trámite, un elemento que no se percibe más que como un levísimo rumor que no incomoda a nadie. En la balanza del confort, su menor peso juega claramente a favor del Clase E frente al EQE. Y, por supuesto, frente a un SUV equivalente, sea eléctrico o térmico. Aún recuerdo el balanceo del último GLE con el que quise viajar igual de rápido.
Por supuesto, hay categorías: un eléctrico de alta gama como los de Mercedes puede garantizar un nivel de confort a velocidad elevada en el que el peso, aunque elevado, se sienta contenido. Otras marcas (y me vienen a la cabeza desde BYD a KIA) no logran evitar el efecto pernicioso del peso y, en el peor de los casos, a veces no te permiten viajar al ritmo que desearías, por una combinación de imprecisión y sensación de que no todo está controlado. Hay tanto trabajo, tanta sabiduría bajo la carrocería de un buen sedán de lujo.
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