¿Pueden los coches tener sesgo político?

21 de febrero de 2026 de

“¿Sesgo político en un coche?” Suena a chiste, pero en 2026 ya no me parece ciencia ficción. Porque el coche, además de llevarte de A a B, también lleva una etiqueta invisible: quién eres, en qué valores crees y, a veces, a qué tribu pareces pertenecer. El ser humano es tribal, casi siempre, en alguno o varios ámbitos de la vida.

El ejemplo más obvio es Tesla. No por el motor, ni por la batería, ni por el software. Por el ruido generado en los medios. Por Elon. Y por cómo hemos permitido que la política se meta en el garaje sin pedir permiso.

Que el CEO de una marca se convierta en un personaje político tiene un efecto directo en cómo se percibe la marca. No hace falta que lo diga yo. Hay incluso trabajos que intentan cuantificar cuánto puede costar, en ventas, que el jefe se convierta en activista de un partido. Un ejemplo reciente desde Yale lo plantea así: la “contaminación” política alrededor de Musk puede haber alienado a una parte del comprador tradicional de Tesla.

Si te apetece entrar en ese agujero negro, aquí tienes una lectura divulgativa desde Yale: Are Elon Musk’s politics driving away Tesla’s customers? y el working paper: The Musk Partisan Effect on Tesla Sales. Pero esto no va solo de Musk. Musk es el altavoz. La polarización ya estaba montada desde antes.

Según los datos, el eléctrico no se reparte igual por regiones

Yo tengo la impresión de que el coche eléctrico lo abraza más la gente progresista. La cuestión es si eso es solo una sensación o si hay algo detrás. He tenido que buscarlo con datos de encuestas estadounidenses, pero me parece fácilmente extrapolable. Quizás me equivoque.

En Estados Unidos, hay un paper del NBER que lo deja bastante claro con datos de matriculaciones por condados. Entre 2012 y 2023, aproximadamente la mitad de los nuevos registros de eléctricos se concentraron en el 10% de condados más demócratas (el partido progresista, frente a los republicanos, más conservadores). No es un matiz insignificante sino una concentración seria. Aquí lo tienes: Political Ideology and U.S. Electric Vehicle Adoption (NBER).

Y si te vas a la intención de compra, Pew Research también encuentra una brecha grande: en 2025, los demócratas eran bastante más propensos que los republicanos a decir que considerarían seriamente un eléctrico (48% vs. 18%). Fuente: Pew Research (junio 2025). O sea: no estamos hablando solo de “me gusta la tecnología”. Hay algo cultural y político en el aire.

El eléctrico como símbolo progresista

El coche eléctrico se ha convertido en el tótem de la “transición”. Y cuando un producto se convierte en tótem, deja de ser un producto sin más, para convertirse en un mensaje. El problema es que los mensajes, en cuanto aparecen, se interpretan. De hecho, hay estudios que apuntan a que parte de la diferencia entre votantes demócratas y republicanos no es solo racional (precio, carga, autonomía), sino simbólica. Es decir, lo que el coche “significa” para ti y para tu entorno. Uno de los más citados lo analiza desde un marco de identidad: The partisan politics of low-carbon transport.

Y aquí es donde el debate se tuerce. Porque un coche, por definición, debería ser una suma de compromisos: uso, presupuesto, gustos, logística. Pero cuando lo conviertes en un manifiesto, tienes que estar preparado para el rechazo de una proporción de gente incapaz de separar lo lógico de lo simbólico.

¿Conservadores anti-eléctricos? A veces sí. A veces, simplemente, pragmáticos

También existe lo contrario: el “anti” por reflejo. Que si las baterías son el demonio, que si la electricidad es un camelo, que si el planeta no se salva así… Conozco (y seguro que tú también) a gente conservadora que no compra un eléctrico no porque lo considere un símbolo político, sino porque hace sus cuentas y, simplemente, por ahora no le encaja. Y esa parte me interesa. Porque ese comprador no necesita creer en nada. Lo compra si le compensa. Y si le gusta a él, no a quienes opinarán de él. Si su vida se lo permite (carga, horarios, viajes, parking).

Y aquí entra una idea que me parece clave: cuanto más se moraliza el coche eléctrico, más fácil es que el conservador medio lo rechace por asociación, no por producto.

Entonces, ¿pueden los coches tener sesgo político?

No en el sentido literal, claro. El coche no vota. Pero sí en el sentido social, por lo que representan o algunos propietarios quieren que representen de sí mismos: hay coches que se convierten en símbolo, y los símbolos atraen a unos y alejan a otros. Sin ir más lejos, Clint Eastwood hacía apología del producto nacional con su Ford Gran Torino, frente a la llegada de los coches japoneses (y de sus vecinos), convirtiendo en símbolo político su propio coche en la película del mismo nombre, Gran Torino.

Los datos de EE. UU. muestran una correlación fuerte entre ideología y adopción del eléctrico. Las encuestas muestran diferencias claras en predisposición. Y la conversación pública, en lugar de centrarse en coste real de uso, infraestructura o experiencia de conducción, se llena de “los míos” contra “los tuyos”. Mi conclusión es simple: sí, los coches pueden tener sesgo político porque se lo ponemos nosotros. Y cuanto más lo hagamos, menos hablaremos de lo que me parece realmente importante: si el coche encaja en tu vida, se adapta a lo que necesitas y te gusta a ti, no a los demás.

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