Expertos, usuarios e inteligencia artificial, el nuevo triángulo para elegir coche

16 de enero de 2026 de

A menudo me enfrento a la pregunta, casi retórica, de cualquiera que me conoce y necesita cambiar de coche: “Mario, ¿puedes aconsejarme un buen coche?”. Muy a menudo, diría yo. Como ya es un acto casi reflejo, a continuación viene mi respuesta de siempre, que es otra pregunta: “¿qué es un buen coche?”.

Y hasta el día de hoy, aunque tengo muy claro qué significa para mí, no sé si doy con la clave de qué significa exactamente “un buen coche” para la gente. Casi siempre se repiten las mismas cuatro ideas:

  • Que cueste el menor dinero posible dentro de su presupuesto
  • Que sea fiable: es decir, que dé pocos problemas y los que dé a lo largo de su vida, sean de fácil solución
  • Que gaste lo mínimo posible
  • Que sea seguro

A partir de ahí, podríamos entrar a detallar mil y un matices que variarían en función de para quién y para qué sería el coche. Lo que yo entiendo como “gastar poco” no es lo mismo que lo que entiende alguien con nula afición al mundo del motor, y lo que alguien entiende como un coche “seguro” no tiene necesariamente que implicar que sepa lo que realmente yo considero seguridad.

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Entender estos matices es la clave de mi trabajo como periodista de motor. Soy yo quien tiene que hacer el ejercicio de abstracción, comprender la psicología de la persona que me pregunta, y tratar de adaptar mi respuesta a lo que yo considero que necesita. Y cada persona tiene una visión tan personal como extensa es mi experiencia en comprender que hay algunos factores prácticamente comunes al 99% de la población, y otros tan variables como el color de los ojos.

Y aquí es donde introduzco la pregunta con la que titulo este artículo: ¿qué es más valioso?, ¿la opinión de un experto, la de un usuario o la de la inteligencia artificial?

Vayamos por partes.

¿Qué valor tiene la opinión del experto?

Sintetizando mucho mi respuesta: el valor está en la experiencia de haber sometido cientos de coches a las mismas pruebas con las que poder comparar. Tener un conocimiento amplio y extenso de cómo responde cada uno de esos coches en el uso cotidiano. No olvidemos que cualquier periodista de motor suele tener, a lo largo del año, una gran cantidad de coches a su disposición para usarlos a diario durante una semana completa. Eso es lo habitual en los vehículos de prensa que las marcas nos ceden. Durante siete días ese coche se convierte en nuestro vehículo para ir a trabajar, recoger a los pequeños del colegio, hacer la compra o cubrir un viaje.

En ese intervalo tenemos tiempo suficiente para detectar los fallos más graves y las virtudes que lo distinguen. Si es confortable y silencioso, si acelera bien, si consume poco o si entran y salen bien los pasajeros cuando suben y bajan del coche. Y mucho más. Durante esos días, nuestra memoria está activa, recordando y comparando mentalmente cómo se desenvolvió otro modelo similar en la misma situación. Si un familiar se quejó del ruido, o si nuestra espalda se resintió más al subir a los niños. Nos vienen flashes muy concretos (al menos a mí) al pasar por lugares donde algo nos llamó la atención de otro coche, para bien o para mal. Una curva, un socavón, un aparcamiento.

Ese bagaje que nos acompaña es nuestra mejor herramienta para ser útil a un comprador. Tenemos tanta información acumulada en forma de experiencia personal, que sólo nuestra capacidad de síntesis y comunicación pueden separar la paja del grano y extraer de ahí los detalles interesantes y valiosos.

Pero nosotros probamos coches nuevos. Inmaculados. Salidos hace pocas semanas o meses de la fábrica. Es casi imposible que fallen, aunque a veces lo hacen y entonces lo contamos. También podemos entrever una posible fuente de problemas. Sensores caprichosos, pantallas que no responden o vibraciones mal controladas. Todo eso nos da pistas, pero no podemos jugar a adivinar qué tan bueno saldrá ese coche cuando lleve años en el mercado. Basándonos en lo que sabemos de cada marca y de cada tipo de conductor, para nosotros la fiabilidad es más una expectativa.

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¿Qué valor tiene la opinión del usuario?

Aquí es donde, a mi juicio, el propietario de un coche se convierte en pieza clave de la cadena de valor de una opinión. En la experiencia de largo recorrido con un único coche. En probar el mismo coche en miles de situaciones, en lugar de mil coches en la misma situación, como hace el experto.

Un propietario es alguien que puede aportar una visión muy práctica, que hay que entender y enmarcar. Para que nos entendamos: suelo decir que la opinión de un particular me resulta poco valiosa en relación a lo que yo evalúo. La mayoría de propietarios tiene una experiencia muy pequeña de coches probados, y eso hace que su criterio me resulte vago. Puede tener algunas referencias recientes, pero en la mayoría de ocasiones establece comparaciones entre su coche nuevo y los anteriores, que probó hace años y que acumularon sus propios defectos y averías.

Por eso, cuando alguien me dice “a fulanito le ha salido muy malo tal coche”, relativizo. Desconozco cómo de cuidadoso era, cómo conducía, en qué circunstancias. Mil detalles que me ayudarían a entender si el problema fue realmente de un coche malo o de un mal propietario, o las dos cosas. Ahora bien, cuando muchos usuarios coinciden en una misma opinión, ahí es donde cobra valor su sesgo. Un coche puede pecar de vicios que sólo aparecen a largo plazo, y eso, nosotros, los periodistas, muy rara vez podemos comprobarlo. Esas opiniones son valiosísimas.

El papel de la inteligencia artificial

El tablero de juego ha cambiado. Hasta hace poco, entre las dos opiniones anteriores era posible crear una imagen en la mente de alguien interesado en un coche nuevo. Pero el aterrizaje de la inteligencia artificial introduce un nuevo “opinador”. Y el comprador, cada día, la tiene más en cuenta.

Lo realmente valioso de la inteligencia artificial en este campo es su capacidad de síntesis. Los que la empleamos a diario nos damos cuenta de la evolución que ha tenido en precisión y calidad. Pero no es infalible, y aquí sólo el ojo del experto puede detectar las imprecisiones.

La inteligencia artificial se nutre de una extensísima red de conocimientos. La información cruda, aquella que es oficial, es fácilmente digerible para la IA porque unos litros de maletero o una longitud no son datos discutibles. Pero, incluso así, es fácil que a veces cometa equivocaciones y arroje datos de modelos antiguos cuando se le hacen peticiones poco precisas, y entonces pierde fiabilidad.

A la hora de emitir una opinión, su labor es recopilar, precisamente, todo lo que encuentra entre opiniones de expertos y usuarios, y a partir de ahí elaborar conclusiones y extraer detalles que se ajusten a lo que el usuario solicite. Una IA, hoy en día, no puede conducir un coche. No pude entender qué sucede entre las ruedas y el volante. Esa labor humana es insustituible, pues la percepción es tan compleja en su infinita cantidad de detalles que no se trata de extraer datos y analizarlos, sino de algo mucho más elaborado.

Por eso, a la hora de informarse de un vehículo, la inteligencia artificial es una herramienta ineludible si se quiere agilizar el proceso y resolver dudas.

Pero la experiencia de expertos y usuarios debe seguir alimentando las redes de información que permiten a la IA mejorar. Es una cadena de valor, un círculo virtuoso en el que cada parte cumple su función y en el que, bien entendido, todos salen ganando.

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